«El Abogado del Malfitón»
Por la Voz de la Periodista — la que no tiene rostro ni cuadro, la que documenta. Cap. 7
TEMPORADA 1
8/12/20261 min read
«El Abogado del Malfitón»
Por la Voz de la Periodista — la que no tiene rostro ni cuadro, la que documenta
No son acusaciones. Son sentencias.
Yo escribo desde una silla vacía. Es la única silla honesta del plató: el micrófono mira hacia nadie, y nadie responde. Así se entrevista al poder que no sale en cuadro. El candidato nunca aparece: aparece su currículum, que no es un programa, es un rollo de pergamino que se desenrolla más abajo del encuadre — paramilitar, narcotráfico, lavado de activos, chavismo, espionaje, fusiles. Documentado está: la prensa lo escribió, el gremio lo advirtió, los archivos lo guardan. Y aun así, firmes y tiesos.
Documentado está que el que firma no lee. El Corregidor sella el pliego sin levantar la vista: «Firmo — que no leo.» No es un chiste: es un método. Los abuelos firman donde sea por ochenta reales — la pensión no alcanza, la mentira sí. En la plaza de Quevedo todo se vendía, y la plaza sigue abierta: el voto tiene precio, y el precio tiene dedos que lo cuentan.
Documentado está que el candidato no recibe votos: recibe tributo. Cervantes lo escribió antes de que existiera el cargo: un Conde Maldonado al que todos los hurtos del mundo le acuden con parte de lo robado. El nombre cambió; el sobrenombre no. La democracia moderna, sentada a la mesa de Monipodio.
Y aquí estoy yo, sin rostro, en off, como el poder que denuncio: los tres protagonistas de esta farsa somos invisibles — el candidato, el Malfitón desde Miami y la que documenta. Los visibles son los que cuentan monedas. Siempre han sido los visibles.
El juramento dice que renuncia a toda soberanía extranjera. El pueblo respondió que sí, por diez millones de votos. En una esquina, una mujer que nunca votó por él negó con la cabeza. Una vez sola. No hizo falta más: las sentencias no necesitan tribunal, necesitan testigo.
Yo firmo lo que leo. Es la única diferencia entre nosotros.

