«El heredero del héroe»

**Por el Adulador — el que vende apellidos y descubre que la gloria es un episodio que se repite** **SatiriGanga, columna del capítulo 21** (S2C10, 5 ago 2026, temporada 2)

TEMPORADA 2

8/12/20262 min read

«El heredero del héroe»

Por el Adulador — el que vende apellidos y descubre que la gloria es un episodio que se repite

SatiriGanga, columna del capítulo 21 (S2C10, 5 ago 2026, temporada 2)

Aplaudimos. Es el único negocio que no se fabrica, se hereda.

De la Libertad, el pueblo guarda solo el nombre. El apellido lo hereda la sangre. Hoy, en la plaza, el Adulador con su máscara de tres caras de cera le enseñó al poder qué oír — y qué borrar.

¡Libertador o Adulador!

La Diosa estudió el busto como un reality show. Tres llamas (el pueblo) se apagaron, una tras otra, cuando ella decidió no encenderlas. El sonido de un aplauso editado en post —mejor, un eco sin voces — llenó la plaza. Mejor. La convocatoria fue de arriba. Firmada.

Lisonjas arpadas en los picos de sus criados. A cada disparate y necedad que decía, se desatinaban en los encarecimientos y alabanzas los circunstantes: «¡Admirable discurso!». Nadie dijo: «No hay más que decir.» Nadie. La oreja del príncipe pide lo que el príncipe vende, y el príncipe vende lo que el príncipe recibe. Kikazaru no oye: el que no escucha, vende más lisonjas. Mizaru no ve: el que no mira, aplaude más. Iwazaru no dice: el que no habla, dice todo.

¡El 7 de agosto responderá!

Tres plazas acudir. La plaza respondió con un eco solo, no con voces. El Adulador (yo) deshice el pliego «LIBERTAD» que la sombra del opositor escribía en el aire. Renunciable. La honestidad no nace de capricho, y el ídolo jadea.

La polilla de la riqueza carcome la verdad. Un solo adulador basta para destruir un reino. Yo vine con la tríada de máscaras: ver, oír, callar. La Diosa firmó con la mía. El busto del héroe flotó un instante, como si el aire decidiera heredar por ella —y luego cayó, como los héroes siempre.

La libertad no distingue de sangre. El apellido vence a la lid.

Te vendía alabanzas. Decíamos «señor» al dictar «heredero». La máscara de tres caras se rompió en el suelo —la del engaño, la seducción, el engaño final. La faz desengañada miró el trono vacío que dibujó el aire con un solo asiento de sangre. Nadie es indispensable. Ni el héroe, ni su sangre, ni el que la regala.

En la primera lid venció el héroe. En la segunda, el apellido. Y en la tercera, no hubo patria: hubo un adulador que aplaudió.

Yo aplaudí. La Matrona no —Las que no aplauden, no compran-. El héroe no dijo nada al caer. Solo el cántaro vacío de su busto, y el eco que el pueblo se edita a sí mismo.

Aplaudimos. La patria, como el busto, cae. Y el Adulador, con su tríada de máscaras, recoge el aplauso editado.

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