«El imperio del humo»

Por Don Avariento — tesorero del imperio, el que cuenta lo que otros firman. Cap. 9

TEMPORADA 1

8/12/20262 min read

«El imperio del humo»

Por Don Avariento — tesorero del imperio, el que cuenta lo que otros firman

Yo llevo las cuentas del imperio. El imperio es de humo, pero las cuentas son de verdad: deudas, comisiones, márgenes. Lo demás — la paz, la guerra, los discursos — es humo que alguien tiene que convertir en números. Ese alguien soy yo. Es un trabajo feo. Alguien tiene que hacerlo, y a mí me queda hermoso.

Contabilizo el acuerdo de paz: un pliego, un sello, una firma que no lee nada. La paz no se lee: se sella. Cero guerras declaradas, diecisiete en curso, un récord de misiles en el armario. La cera chorrea y solidifica, y mientras la cera se enfría, el pliego se desliza hacia la derecha, fuera del encuadre. Todo contabilizado: la paz rinde más que la guerra. La guerra gasta; la paz cobra. Hermoso.

Contabilizo la robotización: diez millones de puestos menos, treinta mil euros de ahorro por puesto al año. Los robots no piden vacaciones. No piden sueldo. No piden funeral. Cada robot que entra, una silueta que cae, y yo anoto la diferencia en la columna de ganancias. La Diosa aprieta el botón rojo y la línea se acelera: más rápido, más barato, más robot, menos humano. Más margen para mí.

Contabilizo el litio: el sur tiene el oro, el norte tiene la cuchara. Latinoamérica tiene la mitad del litio del mundo y le queda el diez por ciento del valor. Yo anoto el cien por ciento — en mi columna. La sal blanca sale del mapa con cuchara de plata, y donde sale queda tierra desnuda. El mapa se vacía, el saco se llena, y la mesa queda cubierta de nieve contaminada. La nieve también la contabilizo.

Contabilizo el martes negro: las bolsas caen, Europa se arrodilla, el primer ministro llora. El pánico también cotiza, y yo lo compro barato. Cuando las bolsas caen, alguien se arrodilla: no es el pueblo, es Europa, y yo tengo la tableta para probarlo.

Contabilizo las tres voces: un general, un magnate, una voz institucional. Tres amenazas, un mismo menú, una sola factura. No importa quién gane la guerra: el cubierto lo cobro yo.

Y contabilizo la pared: los pliegos se apilan — acuerdo, arancel, robotización, concesión, pánico. Firmado, sellado, resuelto. Yo sello cada uno sin leerlo, porque leer es cosa de los que no tienen cuentas que cuadrar. Todo firmado. Todo sellado. Todo resuelto. Los números cierran. El imperio es de humo, pero el humo, si lo sabes medir, también se vende.

Y en la esquina del cuarto, una mujer que nunca firmó el tratado negó con la cabeza. Una vez sola. Yo la vi. La contabilicé: un gesto, sin valor de mercado.

Es lo único que no me cuadra. Y no me cuadra porque no tiene precio. En mis libros, lo que no tiene precio no existe. Pero ella existía, y negaba, y yo, que cuento todo, no supe qué anotar.

Escribí «gastos imprevistos». Y dejé el lápiz sobre la mesa, porque por primera vez en cuarenta años de libros, la cuenta no me salía.

Contacto

Escríbenos para cualquier consulta o colaboración.

satiriganga@gmail.com

© 2026. All rights reserved.