«El Malfitón no sabe de inflación»
Por el Narrador — SatiriGanga, columna del Capítulo 1
TEMPORADA 1
8/11/20262 min read
«El Malfitón no sabe de inflación»
Por el Narrador — SatiriGanga, columna del Capítulo 1
La casa, el papel, la firma, el sello. Nada más.
Eso es todo lo que hizo falta. No hubo ejército, no hubo decreto, no hubo derramamiento de sangre. Hubo una pluma. Alguien dijo «firmad aquí», y la casa dejó de ser de los que viven en ella para ser del que la compró con un tipo de interés fijo. Lo más hermoso del negocio: el que firmó creyó que ganaba él. Y el que compró no pidió nada — se lo dieron todo.
He hipotecado vuestra casa al Malfitón a tipo de interés fijo. ¡El Malfitón… aún no sabe de inflación!
Así empezó todo. Con una broma que no era broma, firmada de puño y letra por un Corregidor que confundió la firma con la victoria. El interés fijo: la ilusión de que el tiempo se puede congelar. De que lo que hoy vale una casa vale lo mismo mañana, tarde o nunca. De que el contrato es más fuerte que la realidad. El Malfitón no sabe de inflación, repiten, como si esa fuera la noticia. La noticia es otra: tampoco saben ellos. Nadie sabe. La inflación no avisa: llega, y el interés fijo se queda mirando, fijo, como su nombre.
Acuso a la letra pequeña, escrita con la tinta que nadie lee. Acuso al interés fijo, que promete el futuro y cobra el presente. Acuso a la firma, que se da más rápido que la lectura. Acuso a la casa, que se grava en silencio y se descubre hipotecada demasiado tarde.
Hace cuatro siglos, un pícaro lo contó mejor que cualquier banquero. Pedían fiador con hipoteca especial de alguna posesión — decían. Y la posesión, averiguada luego, no tenía teja ni ladrillo que no fuese deudor de un escudo. La casa entera debía. La casa entera sigue debiendo: hoy se llama Saticano y cuelga de documentos.
La verdad del negocio no está en el interés. Está en la letra que no se lee, en la casa que no se mira, en la firma que se da sin preguntar. El Malfitón no sabe de inflación. Aún. Pero la inflación siempre llega: es la única cláusula que el contrato no tiene — y por eso mismo, la única que se cumple.
La casa, el papel, la firma, el sello. Mañana, otra casa, otro papel, otra firma. El mismo sello.

