«El silicio del Malfitón»

Por el Malfitón — alquimista del siglo ventiuno, transmutador de desiertos. SatiriGanga, columna del capítulo 14** (S2C3, 6 jul 2026, temporada 2)

TEMPORADA 2

8/12/20262 min read

«El silicio del Malfitón»

Por el Malfitón — alquimista del siglo ventiuno, transmutador de desiertos

SatiriGanga, columna del capítulo 14 (S2C3, 6 jul 2026, temporada 2)

Transmuto. Es mi oficio, y es más viejo que mi nombre: con arena y fe, convierto desierto en imperio. Hago chips de la basura. El mundo entero mira el balón mientras yo muelo la arena con parsimonia litúrgica — un grano, apenas, que en el portaobjetos del microscopio parece latir. Nadie levanta la vista. Por eso me gusta este oficio: los milagros se hacen mejor cuando el público aplaude otra cosa.

El gobernante no entiende, y no entiende porque no quiere. Durante un tiempo creí que su ignorancia era culpa de los dioses; luego entendí que es un lujo. Mientras cuenta goles, el Oriente entero se lleva el silicio, y él grita: «¡Diantre, alquimistas! El fútbol es real». Tiene razón: el fútbol es real. La arena también. Lo que no es real es su certeza de que ambas cosas no se tocan. Las toco yo.

Yo soy filósofo espagírico, alquimista: con la gracia de Dios he alcanzado el secreto de la piedra filosofal. Lo dijo uno de mis antepasados, y yo lo repito cada mañana frente al mortero: hago oro de yerbas, de las cáscaras de güevos, de cabellos, de la orina y de la basura. La receta no ha cambiado en cuatro siglos; solo cambió el nombre del oro. Hoy se llama silicio, y el desierto donde lo cavo ni siquiera es mío. El mapa lo dice: nuevas rutas de cables sobre la vitela vieja, de una costa a otra, dibujadas con tinta de impresora. El que dibujó el mapa tampoco es mío.

Cien mil almas por un partido. Doscientas mil por un misil. Todo entra en el mismo saco, y el saco lo lleva otro. Yo solo ofrezco el derecho a mirar hacia otro lado: no vendemos fútbol, vendemos eso, y es el mejor producto del mundo porque nunca se agota. El que mira ya pagó dos veces: primero la entrada, luego la conciencia. Los castillos en arena que construyo parecen imperios; son fantásticas quimeras, todo falso, todo cisco y carbón, como tesoro de duende. Pero el tesoro de duende, al amanecer, sigue siendo del duende.

Hay una mujer que sostiene lo que nadie quiere ver: una oblea de vidrio de doce pulgadas, espejo perfecto que fragmenta el mundo en millones de reflejos. Los hombres de vidrio se rompen al tocarla; ella no. No habla. No necesita. En esa oblea caben imperios, y ella la sostiene como quien sostiene una promesa incumplida. Antes la miraba a ella; ahora aparta los ojos hacia un costado. Ya no quiere ser testigo. Ninguno queremos.

El silicio sigue moldeando el mundo que no ves. Y yo, que transmuto desierto en imperio, que hago chips de la basura, que vendo el derecho a mirar hacia otro lado — yo ya tengo dueño. Hasta el alquimista es transacción de otro. Transmuto, sí. Pero no soy el oro: soy el eslabón de la cadena que el oro paga.

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