«La boca del túnel»

**Por La Vigía — la que observa que el túnel y el gol son la misma abertura** **SatiriGanga, columna del capítulo 18** (S2C7, 12 jul 2026, temporada 2)

TEMPORADA 2

8/12/20262 min read

«La boca del túnel»

Por La Vigía — la que observa que el túnel y el gol son la misma abertura

SatiriGanga, columna del capítulo 18 (S2C7, 12 jul 2026, temporada 2)

Veo a quien paga por mirar a ambos lados.

Ese es el negocio: no es que uno mire al cielo y el otro al suelo — es que uno pague para creer que están separados. En la sala capitular, el agujero negro en el suelo es la misma abertura que el partido en la plaza. El Pregonero lo grita: «¡Todo está conectado!». El Corregidor lo niega: «No está conectado nada». El Multario lo firma: «Le terreno ha un proprietario. Ille ha firmate.» Nadie de los tres mira hacia dentro. Yo no puedo. Nadie puede: es negro, sin fondo. Pero veo el precio, y es el mismo.

Veo que la gente compra la diferencia sin verificarla. En la plaza vacía, la pizarra tiene dos columnas — TÚNEL y PELOTA — y ambas suman 33 reales. El Pregonero tacha y reescribe: ¿Quién lo cavó? ¿Para qué? ¿Quién arbitra? ¿Quién apuesta? Las preguntas cambian de nombre, la cifra no. Don Avariento copia en su libro sin levantar la vista: «Da igual quién sea. La entrada cuesta lo mismo». Veo que nadie pregunta qué hay dentro. El contenido es gratis, dice. Nunca me ha interesado lo gratis: me interesa lo que nadie paga por ver.

Veo cómo el miedo sube de precio en la botica. Las entradas — la del túnel, la del partido — suben juntas: 3 → 9 → 18 → 29 → 30 → 33. Al mismo ritmo. Nadie las pone: lo hacen solas. El Tembloroso saca una moneda, la pone en el mostrador. Malfitón la mira. El Tembloroso la retira, la guarda. Veo que duda no del túnel ni del partido, sino de dónde sale el precio: si el miedo ya sube solo, ¿para qué paga el espectador?

«¿Y si entro al túnel y luego quiero salir?», pregunta el Tembloroso. Malfitón: «Lo mismo que si ves el partido. Pagas por el rato, y te quedas encerrado.» Yo: «Pues entonces pagaste poco. El miedo siempre sube de precio.» Veo que pagar no es elegir: es aceptar el aumento silenciosa. La Diosa, observando el hormiguero desde su espejismo, lo llama «civilización» — una palabra que no ha leído en ningún libro de contabilidad. Veo que ella mira a todos menos a quien no paga: la Matrona, que se niega a comprar. La Diosa no la entiende. La Vigía, sí.

En la entrada del túnel, el Tembloroso se asoma. No entra. Solo se queda mirando el agujero, y yo veo que el vacío lo mira de vuelta. La Diosa dijo que era magnífico. Yo anoto: magnífico es lo que no puedes tocar. Bajo la ciudad otra ciudad se escondía, dijo la Vigía en su haiku. Yo digo lo que veo: sangre vacía. El túnel y el gol son la misma mentira — un sitio donde la gente paga por ver lo que no existe. El que paga no ve la diferencia porque no hay diferencia que ver. Solo hay el agujero, con su precio, y el espectador, con su moneda. La entrada es lo que se paga, no lo que se recibe. Nadie pregunta qué hay dentro, porque el precio ya lo dice todo: el miedo que sube solo.

Cierro el cuaderno. Otra mano no escribió esta vez — yo cerré lo que yo empecé a anotar. Pero hay una página que no es mía: «Yo también te leo a ti». La Vigía que observa a la Vigía: resulta que nadie mira solo. El túnel tiene espectador, y el partido también. Ambos pagan. Ambos miran. Nadie ve.

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