«La felicidad, ese bien de consumo»
Por el Narrador — SatiriGanga, columna del capítulo 3 (17 jun 2026)
TEMPORADA 1
8/11/20262 min read
«La felicidad, ese bien de consumo»
Por el Narrador — mesías agotado SatiriGanga, columna del capítulo 3 (17 jun 2026)
La felicidad se anuncia. Se envasa. Se vende a plazos.
El cartel cuelga de dos argollas oxidadas: BIENVENIDOS A LA FELICIDAD. Y uno entra, como se entra a un mercado: con miedo y con hambre. Dentro hay siete estantes y siete frascos — uno por cada deseo, reetiquetado con cariño: la pereza ahora es Perezón, la gula es Gulón, el orgullo es Soberbón. Los pecados, renombrados, ya no pesan: se compran. La felicidad se cobra, no se gana, dice el dueño con voz de cura. Y tiene razón: la nuestra no se gana, se paga.
Cinco reales por ver. Diez por oler. Veinte por probar. ¿Y el placer de mirar, no cuenta? Mirar es lo único gratis. Por eso no lo cobramos. Lo que se cobra es la voluntad de seguir mirando. Ahí está el negocio entero, dicho sin rubor: ya no se vende el objeto, se vende la mirada que lo desea. Dos por uno en Perezón. Tres por dos en Soberbón. Muestras gratis si firmas aquí.
Acuso al frasco, que promete lo que el deseo pide. Acuso a la muestra gratis, que es la trampa más cara. Acuso a la voluntad de seguir mirando, que es el impuesto más antiguo. Acuso al espejo, que devuelve lo que no existe.
Porque el espejo miente. No el de la tienda: el de todos. La Vigía se mira y el cristal convexo le devuelve la piel tirante, los ojos abiertos, los pliegues borrados — la versión de ella que la edad le cobró. Y la sombra, en cambio, se acordaba. La sombra no compra frascos: la sombra envejece a tiempo, y se adelanta un segundo para que la cara no se lleve la sorpresa. El licenciado creía ser de vidrio, de pies a cabeza. Nosotros creemos ser el reflejo: más frágil todavía.
Y el Malfitón, que ya sabe de números, pidió comisión. Dadme un cinco por ciento de cada timo. Hecho — y el sello, esta vez, de tinta roja en el nudillo, para que quede en cada apretón de manos. El diezmo del Malfitón: la nueva devoción del reino. Antes se pagaba a la iglesia por la salvación. Ahora se paga al intermediario por la felicidad. Cambió el santo, no el óbolo.
En la esquina, un foráneo lee un libro cerrado y lo dice sin levantar la voz: en mi tierra la felicidad se espera. Aquí se compra. Las dos son mentira, pero la vuestra es más cara. El único que no compra es el que la describe.
Y al final, lo perfecto: LA FELICIDAD ES GRATIS, pegado en la puerta. Y la multitud entra empujándose, y el dueño, sin inmutarse, cobra por verlo. Lectura, dos reales. Re-lectura, cinco. Cita textual, diez. La felicidad se hizo gratis, y alguien cobró por verla. Al fondo, reflejada en el espejo, una mujer de lino índigo no compra, no entra, no lee: está reflejada, nada más.
LITTERAE, escrito a mano, se desvanece. La palabra ya no se sostiene: se agota como un frasco.
La felicidad se anunció gratis, y se pagó por verla. Es el mejor negocio del siglo: vender la mirada que mira la promesa.

