«La FIFA y el Mundial del Malfitón»

Por Merlín — pato, testigo, el único que miraba la cancha SatiriGanga, columna del capítulo 5 (19 jun 2026, standalone)

TEMPORADA 1

8/11/20262 min read

«La FIFA y el Mundial del Malfitón»

Por Merlín — pato, testigo, el único que miraba la cancha SatiriGanga, columna del capítulo 5 (19 jun 2026, standalone)

Vi todo desde el suelo. Nadie me lo contó: lo vi.

Yo no tengo voz en la serie. Es mi ventaja. Los que hablan, venden. Los que callamos, vemos. Y lo que vi fue esto: un hombre clavó un cartel con un martillo de juguete y dijo que se llamaba MAFIFA Intermitente del Fútbol Amateur. Suena a gloria, dijo. Pues es lo mismo que la otra, solo que yo cobro el derecho de transmisión. Fíjense: no lo dijo en secreto. Lo dijo mientras clavaba el cartel, y el cartel se le despegó de una esquina y quedó colgando torcido. Era el único que decía la verdad, y nadie lo oyó.

Vi el estadio de cartón piedra y las figuritas de papel recortadas de periódico. Caen. Se levantan. Caen. Y cada vez que caen, él cobra la transmisión, la repetición, el comentario, el memoralia, la funeraria. Yo no sé qué es memoralia. Él tampoco. Pero la cobra igual. Los perros del coloquio lo habrían dicho mejor que yo: gitanos y gitanas, embaimientos y embustes, los hurtos en que se ejercitan. El embuste no cambia: cambia la vestimenta. Ellos tenían el sayo; él tiene la toga de alguacil de cartón.

Vi el sello de cera derretirse antes de sellar. Vi la mujer con pantalla en vez de rostro prometer el evento del siglo: pague ahora, disfrute después, o nunca. Vi las sombras de las manos levantar billetes de juguete y pelear por el mejor asiento. Y vi lo que nadie vio: desde todos los asientos se ve lo mismo. Una promesa que nunca llega al arco.

Porque yo miraba la cancha. Todos miraban las pantallas; yo miraba donde debía estar la cancha. No había cancha. Había un soplido, un estadio de cartón y un cartel que se caía. La previa nunca termina, dijo una voz entre el público, y esa voz, sin saberlo, dijo la única frase honesta del espectáculo.

Al final, el dueño me dejó su silla y me puso una moneda en el pico. El negocio no es el deporte, Merlín. El negocio es que tú creas que es un negocio. Y yo, que me comí la moneda, ya no creo nada: sé que era de chocolate. La mordí, y era chocolate. El oro, el estadio, el evento del siglo — todo de chocolate. El papel dorado queda vacío cuando se derrite el calor de las manos.

Silbato, dijo. Y el silbato se convirtió en estática. Y la estática era lo más limpio que se vio en todo el espectáculo.

Yo no pagué entrada. Y sin embargo, fui el único que vio el partido: no había partido. Eso era el negocio.

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