«La guerra de los mundiales»
Por la Diosa de los Malos Augurios — la que anuncia, la que bosteza, la que ya lo sabía. Cap 8
TEMPORADA 1
8/12/20262 min read
«La guerra de los mundiales»
Por la Diosa de los Malos Augurios — la que anuncia, la que bosteza, la que ya lo sabía
Yo anuncio. Es mi oficio: los malos augurios. No me contratan para las fiestas; me llaman cuando quieren saber qué viene, y luego me pagan para que me calle. Nunca me callo. Es lo único que hago bien.
Anuncio: el trofeo y la fosa, lado a lado, y el que lustra el oro con la pala al hombro. El oro se mira en la tierra como en un espejo y no le gusta lo que ve. El Mundial se juega en estadios. La guerra se juega con los que no caben en la foto. Yo los veo a todos: caben y no caben.
Anuncio: el mapa con cuarenta y ocho banderitas, y cada bandera un pequeño humo. Más humo, menos aire. Cuatro millones de toneladas, nueve, quince. Los números suben como los augurios: despacio al principio, después todo a la vez. Bostezo. No es cansancio: es que ya lo sabía.
Anuncio: los papeles que vuelan. «Contrato soñado.» El sueño tiene reverso, y el reverso tiene letra chica: dos bandos, dos himnos, una sola caja de regreso. La letra chica no es chica: es el augurio. Los que sueñan no leen el reverso. Los que leen el reverso no duermen.
Anuncio: la trinchera y la lluvia, y una mujer que la lluvia no moja. Los que fueron con la esperanza de mejorar sus vidas — el dossier lo dice con palabras bonitas; yo lo digo con una palabra: engañados. Los augurios llegan antes que el dossier. Es mi único orgullo.
Anuncio: ciento veinte dientes, una sola boca. Los dientes vuelan en enjambre, muerden cúpulas doradas, y un señor con copa aplaude despacio desde su palco. «Golazo», dice. Para los augurios no hay golazos: hay cuentas. El negocio no para, dice. Ya lo sé. El negocio no para es el primer augurio que aprendí.
Anuncio: el mapa de Europa en porcelana, y un martillo que cobra por pieza: Hungría, Eslovaquia, Serbia — en cuotas, a plazos, comprada. La cinta de oro pega los bordes; el martillo sigue. La unidad es inquebrantable, dicen, y la cinta es de oro, dicen. Los augurios no se pegan con cinta.
Y anuncio el último: cuando el silbato calla, alguien que no firmó nada recoge los cuerpos. No los cuenta: los recoge. Es el mismo de siempre, el que no firma. Y yo, desde arriba, bostezo.
No es desprecio. Es que llevo siglos anunciando lo mismo y todavía les sorprende.

