«La lengua del Multario»

**Por el Malfitón — el que firma todo y descubre lo que ni él puede cobrar** **SatiriGanga, columna del capítulo 17** (S2C6, 11 jul 2026, temporada 2)

TEMPORADA 2

8/12/20262 min read

«La lengua del Multario»

Por el Malfitón — el que firma todo y descubre lo que ni él puede cobrar

SatiriGanga, columna del capítulo 17 (S2C6, 11 jul 2026, temporada 2)

En vendo todo. Lo que se dice, lo que se tacha, lo que se promete: entra en el mismo saco. Amor, patria, futuro, verdad. Las pongo todas en el mismo saco, y la que pesa menos es la más cara. La fabricamos bajo demanda: un partido, un discurso, un manifiesto. La cinta sale de la prensa Gutenberg modificada, el ticket electrizo del nuevo Virreinato. El cliente elige, la caja expulsa, el cambista tasa. Veinticinco reales el ciento.

Pero hay un producto que no entra en mi catálogo. No porque no lo ofrezca: no se puede. Es el silencio.

El hablador plenario — el que anega en prosa, que mueled las palabras hasta el hueso, que rebosa charla por ojos y oídos — piensa que más palabras son más verdad. Se ahoga en ello, y yo lo escucho: mientras más diluye su lengua, más queda vacía. Quevedo lo sabía: el que habla de más, dice de menos. El Pregonero me lo enseñó, arengando a una plaza vacía: «¡Ya no hay secretos! ¡Todo queda en casa!». Tacha palabras como si tachara mentiras: TRABAJO → ESFUERZO → PROGRESO → MÉRITO. Cree que cambiar el nombre de la cosa cambia la cosa. Cuesta más caro creerlo que no.

Entonces vino el Multario con su lengua que no se habla. «Le mundo ha un nove lingua», dijo — plano, sin emoción. Illo non se parla. Illo se signa. Ni siquiera la lee: la acepta. El Corregidor asiente sin comprender, y el Pregonero celebra: «¡Una lengua nueva! ¡Todo el mundo la firmará!». Nadie pregunta qué significa: solo se apresura a firmar. La lengua oficial es la que no hay que traducir, la que todos aceptan sin leer, la que el Multario pone en cada bolsillo como un contrato invisible.

Y yo, que he visto mil firmas, vi la Matrona. Llevo siglos viéndola, y nunca firmó nada. Le ofrecí el contrato del silencio — «Isto es le contracto del silentio. Tu lo ha signate tote tu vita sin saper lo». Ella no miró el pliego. No retiró la mano. Solo miró a través. El silencio no se firma, dijo. El silencio se habita. Y por primera vez, después de cuatro siglos, escuché la respuesta. No era una palabra: era una quietud que pesa más que todos mis lingotes.

Todo lo que se dice se puede vender. Todo lo que se nombra se puede olvidar. La prensa lo certifica, la balanza lo pesa, el cambista lo tasa. Pero hay una lengua que mi catálogo no alcanza: la que no necesita palabras. La mudas del hebreo que nadie oye, la voz que dice viuda y nadie le atraviesa, el dolor que ata y desata la lengua del afligido sin que nadie lo escriba. La Matrona la habla sin abrir la boca. Nunca se me ha ocurrido cobrarle.

Yo que firmo todo, que pongo en el mismo saco el amor y la patria, que vendo el derecho a mirar hacia otro lado, hoy descubro que hay un negocio que ni yo puedo abrir. El silencio tiene dueño, y no es yo. Ni el Multario. Ni el Corregidor, ni el Pregonero, ni Don Avariento con su balanza de cambista. El dueño es ella, que mira a cámara un segundo, luego a sus manos vacías, y deja que el polvo vuelva a flotar.

No se vende. No se firma. Solo se habita.

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