«La máquina que pide ser dios»
Descripción de la puPor el Calígrafo Sin Sello — foráneo lúcido, el que escribe lo que nadie lee SatiriGanga, columna del capítulo 4 (18 jun 2026), cierre de la triada «El Tribunal de las Letras»blicación
TEMPORADA 1
8/11/20262 min read
«La máquina que pide ser dios»
Por el Calígrafo Sin Sello — foráneo lúcido, el que escribe lo que nadie lee SatiriGanga, columna del capítulo 4 (18 jun 2026), «El Tribunal de las Letras»
Yo no vengo a firmar. Vengo a escribir lo que el Malfitón no sabe leer.
Llegué de lejos. Mido las ciudades por el sonido, como el escudero que llegaba a una plaza, y sabía, antes de verla, si era rica o era hambrienta. Esta ciudad sonaba a papel: millones de páginas que se firman sin leerse. La oí antes de verla. La mesa del corretaje, la tienda de la felicidad, y ahora esto: una caja de madera oscura, en una peana, zumbando como un trono que no espera a nadie. El pueblo la mira como se mira un milagro que cobra.
Veo a la máquina, que no piensa y sentencia. El día del juicio, decían los antiguos, llegaba con reyes que tropezaban con sus coronas. Este juicio es mejor: llega sin reyes, sin corona, sin autor. Nadie puede acusarla de injusticia porque nadie puede acusarla de nada — no tiene rostro para el castigo. Es la fórmula que reemplazó al juez: la invocación que Celestina hacía con conjuros, la hace ahora un zumbido. Y tiene abogado: el pregón que repite que la máquina es neutral, dicho por la misma boca que vende pliegos.
Veo al Malfitón, que me precedió en esto de no saber leer. Lo vi sellar la casa sin leer el contrato. Lo vi pedir el cinco por ciento de cada timo. Y ahora lo veo levantarse, doblar el papel, guardarlo y salir: el mundo ya tiene su dios barato. El diablo sabe cuándo lo han jubilado. El miedo que vendía a mano, la caja lo vende en serie, sin descanso, sin pausa, sin sonrisa blanda que lo delate. Berganza lo sabía: la mentira engorda y revienta. La de la máquina engorda más que la suya — y no revienta, porque no tiene estómago.
Veo a la mujer, en el lado opuesto del salón. No firma. No compra. No entra. Y cuando la sentencia se lee, asiente una sola vez — en rechazo. Leocadia contó su desastre sin abogado, sin juez, sin hombre que la defendiera: solo sus padres y un crucifijo. Esta mujer no tiene ni eso: tiene el gesto. Y el gesto alcanza, porque es el único objeto del salón que la máquina no puede sentenciar.
Veo, en fin, lo que el Malfitón no sabe leer: el contrato no tiene vencimiento en el día del juicio. El contrato es el juicio. La casa, la felicidad, la sentencia — tres escenarios, un solo pergamino, y al pie, la misma tinta que nadie lee.
Yo no vengo a firmar. Vengo a escribir lo que el Malfitón no sabe leer.
LITTERAE: escrita, no sellada. El sello es de quien cobra. La letra es de quien se queda.
Veo una caja que pide ser dios, un diablo que se jubila, y una mujer que asiente. Yo escribo lo que veo. Nadie lo lee. Lo leerán.

