«La máscara que se mira»
Por El Tembloroso — el que cree, el que tiembla, el público. Cap 10
TEMPORADA 1
8/12/20262 min read
«La máscara que se mira»
Por El Tembloroso — el que cree, el que tiembla, el público
Me llaman El Tembloroso. No es un nombre: es un diagnóstico. Tiemblo desde que tengo memoria, y ahora tiemblo con causa: cada día hay más caras y menos personas. Yo no distingo las unas de las otras. Esa es mi enfermedad — y la de todos.
¿Quién es ese? Parezco yo, pero no soy yo. Eso lo dijo Don Avariento frente al espejo, pero yo lo pienso cada mañana al abrir los ojos. El espejo me imita con un segundo de retraso. Yo toco el cristal. El reflejo retrocede. Y yo, que tiemblo, ya no sé si tiemblo yo o tiembla mi reflejo. «Ese eres tú, pero mejor», dice la que juega con cables. Más guapo. Más joven. Más mentira. Conmigo no hace falta ni espejo: basta una pantalla.
En la tableta hablaba yo. Era mi voz, mi cara, mis manos. Pero decía cosas que yo nunca dije, y las decía mejor que yo: con más seguridad, con más mentira. «Eso no lo dije yo. Pero suena a mí.» ¿Cómo puede sonar a mí si no lo dije? Me tapé los oídos. Las manos de la pantalla seguían moviéndose aunque yo ya no las movía. Y entonces lo dije yo, y me asustó decirlo: «Ya no importa quién lo dijo. Importa quién lo creyó.»
Y yo creo. Siempre he creído. Es lo único que sé hacer: creer, y temblar. Por eso el negocio funciona conmigo: los que fabrican caras no necesitan mi permiso. Necesitan mi fe. El Malfitón lo sabe — dice que lleva cuatrocientos años firmando con cara ajena. Yo no llevo cuatrocientos años: llevo cuarenta segundos temblando delante de una pantalla, y ya soy otro.
Caminé por la calle mayor y todas las fachadas eran la misma cara: la mía, la del otro, la del de más allá — todos el mismo rostro con distinto nombre. La calle se llama Hipocresía y ahora tiene WiFi. ¿Dónde estoy yo? ¿Y dónde está la verdad? La verdad no está en la calle: la verdad es la que no tiene pantalla. La vi al fondo, una mujer que no se miraba en ningún espejo. Negó con la cabeza. Una vez sola. Y yo, que tiemblo, entendí que ella no temblaba.
El espejo se rompe y los reflejos se multiplican: cada pedazo es una mentira distinta de la misma verdad. La que juega con cables golpea y golpea, y cada golpe hace más pedazos, más caras, más yoes que no soy yo. Temblar es lo único que todavía es mío. Mientras tiemblo, hay alguien dentro de la máscara. Cuando deje de temblar, seré solo la máscara.
El Malfitón no necesita rostro. Le basta con el mío. Y yo, que tiemblo, soy el más fácil de firmar: porque ya no importa quién lo dijo. Importa quién lo creyó. Y yo creo — y por eso tiemblo, y por eso todavía soy yo.
Temblar es la prueba. La única. Cuando el Malfitón use mi cara para firmar, espero temblar tan fuerte que la firma salga torcida.

