«La pared que oye»
**Por La Vigía — la que anota lo que nadie mira, y descubre que también la miran** **SatiriGanga, columna del capítulo 16** (S2C5, 10 jul 2026, temporada 2)
TEMPORADA 2
8/12/20262 min read
«La pared que oye»
Por La Vigía — la que anota lo que nadie mira, y descubre que también la miran
SatiriGanga, columna del capítulo 16 (S2C5, 10 jul 2026, temporada 2)
Anoto el decreto: toda voz es escuchada, callas por tu bien. Lo leo dos veces, porque el que escribe una amenaza con letra de beneficio merece que se le lea con calma. «Para proteger al inocente, escanearemos toda conversación», dijo el Corregidor. «El que no debe nada, no teme nada», dijo. Y yo, que anoto todo, anoto también la falacia: el que no debe nada no teme al que debe mucho. Son dos cuentas distintas, y solo una se audita.
Anoto al Pregonero, arengando a una plaza vacía. Grita que ya no hay secretos, que todo queda en casa, que el que nada esconde nada teme. Las campanillas tintinean solas; la multitud no existe. Su sombra, sin embargo, se alarga hasta mis pies, aunque yo estoy lejos. La distancia no protege de las sombras: solo las hace más largas. Anoto: «Das el secreto, y entregas tu libertad, nada que decir.» Es la regla de Celestina, cuatro siglos vieja y todavía vigente: a quien dices el secreto, das tu libertad.
Anoto al Tembloroso, sentado en el suelo entre cartas y fotos, decidiendo qué quemar. La vela tiembla; él también. Coge una carta, la acerca, duda, la retira. La ceniza forma palabras breves: YO, MÍO, NO. «No es que esconda algo», dice, «es que es mío. Esto es mío.» Y yo entiendo que el imperio puede tolerar la sedición, pero no tolera la propiedad. Quevedo quemó una carta para que nadie la leyese; el Tembloroso quema las suyas para que nadie sepa que tenía algo que era suyo. La diferencia entre ambos incendios es solo la prisa.
Anoto a la Matrona, que sostiene en el regazo una carta sellada con lacre rojo y nunca la abre. No la mira. No la muestra. La palma abierta, la carta descansa, y el lacre pulsa como un corazón que no se abre. Ella es la única libre del reino, y es libre por callar: tiene un secreto cerrado, nunca lo abre, libre por callar. La libertad no está en lo que se dice: está en lo que se puede no decir. Anoto esto como quien encuentra una moneda rara: no la gasto, la guardo.
Anoto a Malfitón, que lustra su bocina gigante en la botica. Oye todo, no se cansa, no delata: solo alquila el oído. Malfitón vende el oído que todo oye; quien compra es dueño. Me hace precio: primera escucha, gratis. Rechazo. El oído que todo lo oye es un espía doble de las faldriqueras: escucha por dos y vende por uno. No quiero ser la escucha gratis de nadie.
Y anoto, por último, lo que no escribí. En la última página de mi cuaderno, letra que no es la mía: «Yo también te leo a ti.» La grieta de la pared parpadea, como un ojo que guiña, y yo cierro el cuaderno despacio. No hay pared sin oído. No hay oído sin dueño. No hay dueño que no venda. Y yo, que anoto todo, descubro que en mi cuaderno también hay una página que no es mía.
Ya no escribo. Escucho.

