«La pugna que nunca acaba»
**Por el Narrador — el mesías que testifica el ciclo completo de la pugna perpetua** **SatiriGanga, columna del capítulo 19** (S2C8, 13 jul 2026, temporada 2)
TEMPORADA 2
8/12/20262 min read
«La pugna que nunca acaba»
Por el Narrador — el mesías que testifica el ciclo completo de la pugna perpetua
SatiriGanga, columna del capítulo 19 (S2C8, 13 jul 2026, temporada 2)
Acuso a la paz de ser un intervalo.
Llaman paz al espacio entre pugnas, como si el silencio entre dos gritos fuera reposo. Pero yo he visto diez mil muertos contados en tres cifras que suben solas, he visto la ceniza formar dos columnas que no dejan de ser una, he visto el mismo agujero vendido como túnel y como gol. La paz no es el final: es la pausa en la que se paga la factura de la anterior. Pugna perpetua. No se gana. No se pierde. Se mantiene. El Corregidor lo sabe: lo importante no es el enemigo, es que haya púha.
He visto el oro caer del cielo como si fuera lluvia, y sé que no era oro: era combustible para el fuego que no se apaga. He visto el circo subir de precio mientras el circo de papel se deshacía con un soplido, y supe que el entretenimiento no distrae: prepara. He visto el silicio brotar de la arena como promesa de futuro, y comprendí que la tecnología no conecta: vigilan. El oro, el circo, el silicio — tres caras de la misma moneda: la pugna que paga.
Y la salud: aquel que finge estar enfermo en su cama — la pugna contra su propio cuerpo, que el Malfitón cobra doble: baja y alta. Y el lenguaje: las palabras suben de precio como entradas falsas, el Pregonero tacha y reescribe, la Diosa llama civilización a lo que es explotación, y el Multario entra con su lengua que no se habla. He visto a todos: el Corregidor que niega la conexión, el Avariento que cuenta Capút como ingresos, el Malfitón que vende la paz más cara que la pugna, el Tembloroso que no sabe alistarse, la Vigía que observa, la Matrona que no compra ni vende.
Acuso a los tres grandes: el que declara (el Corregidor, la pugna perpetua), el que contabiliza (el Avariento, las cifras que suben 33→142→609), el que abastece (el Malfitón, las palabras en el mismo saco). No necesitan reunirse: su negocio funciona aunque nunca se crucen. La paz les cuesta 999 reales, la pugna 33 — pero la que paga es siempre el que no está en la mesa. El Tembloroso pregunta: ¿Y si es Capút? Nadie le responde. El Malfitón dice: Esa no pesa nada. No la pide nadie. Es gratis. Por eso no se vende.
He visto la Matrona con su sombra desplazada, no hacia atrás sino hacia ningún lado — como si no perteneciera del todo a este espacio. Ella no compra la paz (999 reales), no vende la pugna (33 reales), no firma el contrato del silencio (la que no necesita palabras). La Vigía, en su haiku, lo dice: «Pagas por la paz. Deuda con quien da Capút / nunca se salda.» Pero la deuda no es del que paga: es del que vende. La pugna perpetua no es un error del sistema. Es el sistema.
Y mientras el mundo cree que elige entre bandos, yo — que he visto todo — sé la verdad: no hay pugna que no encuentre quien la financie. Ni paz que no encuentre quien la rompa. El que vende los fusiles no descansa. El que vende la paz no descansa. El que no vende nada — la Matrona, con sus manos vacías — es el único que duerme. Porque en la pugna perpetua, el único acto revolucionario es no comprar la entrada.
La Vigía cierra su cuaderno. La ceniza forma dos columnas que no dejan de ser una. Nadie escribe la diferencia. Nadie paga por ella. El negocio no la palabra. El negocio es que no haya nadie más que la vea.

