«La salud del Malfitón»

**Por El Tembloroso — el que falta, el que finge, el que al final no tiembla** **SatiriGanga, columna del capítulo 15** (S2C4, 7 jul 2026, temporada 2)

TEMPORADA 2

8/12/20262 min read

«La salud del Malfitón»

Por El Tembloroso — el que falta, el que finge, el que al final no tiembla

SatiriGanga, columna del capítulo 15 (S2C4, 7 jul 2026, temporada 2)

Dicen cáncer. Y yo falto.

Así de simple empieza todo: un golpe en la mesa, una palabra en polvo que se escribe sola, y yo, en el rincón, poniendo la mano sobre el pecho como si me hubieran nombrado. ¿Soy cáncer? No lo sé. Sé que falto. Y sé que el que falta, en la cuenta de Don Avariento, pesa. Treinta mil millones, dice sin mirar. Yo pregunto, en un susurro: ¿cuánto peso yo en esa cuenta? Nadie me responde. La cuenta no responde.

Camino entre las sillas vacías. Cada chaqueta colgada es un cuerpo que falta; las chaquetas se desinflan al paso del contador, todas menos la mía. La reconozco: codo rozado, dos inviernos. La toco y retiro la mano como si quemara. Un país entero que cobra por no ser, dice él. Yo llamo país a mi chaqueta. Las dos duelen. Las dos pesan. Las dos están en la cuenta.

Y luego está el de la cama. Me miro yacer, con los frascos vacíos en la mesilla y el «mañana voy» que nunca fue. «Mañana voy», digo, y el que está en la silla me escucha y sabe que miento. Somos el mismo miedo con dos caras: el que finge la enfermedad para no ir, y el que observa al que finge para no ser él. Quevedo lo sabía — lo escribió: fingir la enfermedad, afeitarse de tercianas con color de enfermo. Cuatro siglos de fingimiento, y yo soy el heredero. Qué oficio heredé.

Pero entonces la veo. Ella no finge. No tiembla. Solo tiene una piedra que late en la palma, y está sentada en la cama de hierro de un hospital abandonado, con el gotero seco, sin quejarse, sin pedir. Lo que te enfermo te sana y da salud, dijo el ciego de mi historia. Yo finjo y tiemblo. Ella existe. Qué vergüenza. Qué salud la suya, que no pide nada. Qué enfermedad la mía, que solo pide.

Y Malfitón, en el mostrador, cobra en ambos lados. La baja, tanto. El alta, otro tanto. Paga dos veces: una por la cura, otra por la enfermedad, y el timbre de la caja suena a tos. ¿Y el enfermo? Producto. Soy el producto que tiembla en el estante, con mi chaqueta, mi frasco vacío y mi miedo contado en la cuenta.

Al final vuelvo a la sala vacía. El Corregidor firma sin leer: el que no trabaja, que no cobre. Y yo, contra la pared, descubro algo: la enfermedad no es la que falta. La enfermedad es llamar cáncer al que falta para no mirar el tumor. El tumor está en la cuenta. En el mostrador. En la firma que no se lee.

Hoy aprendí que hay temblores que se curan solos. Solo hace falta ver a alguien que no tiembla. Ella no temblaba. Yo, tampoco, desde entonces.

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