«Pan y circo»
Por el Corregidor — el que gobierna la moneda de canto, el administrador del desorden. SatiriGanga, columna del capítulo 2. (S2C2, 5 jul 2026)
TEMPORADA 2
8/12/20262 min read
«Pan y circo»
Por el Corregidor — el que gobierna la moneda de canto, el administrador del desorden
SatiriGanga, columna del capítulo 13 (S2C2, 5 jul 2026, temporada 2)
La eché al aire. Sigue en el aire. Así llevo cuatro años.
Mi oficio no es que la moneda caiga: es que no caiga. Mientras esté de canto, nadie sabe si come o si muere, y el que no sabe, espera. El que espera, mira. El que mira, no pregunta. De un lado del metal, un estadio; del otro, un campo de batalla. No son dos mundos: son dos caras de la misma moneda, y las dos manos que la lanzaron son las mías. Eso no se dice. Se administra.
Se gobierna a través del desorden. No se busca el orden — se busca un desorden controlado. La pizarra lo explica mejor que yo: un círculo, una flecha al caos, otra flecha de regreso. El bucle no tiene principio ni fin, y no lo tiene porque el bucle no se dibuja: se sostiene. Yo sostengo. Es mi única virtud, y la llevo colgada del cuello como un sello de plomo.
Cuando el estadio no llena, se mete una guerra. No hace falta más: una noticia, una semana, un rating. ¿Que soltamos el atentado la misma semana del partido? Subió el rating. Subió la venta de boletos. Subió el reclutamiento. El miedo vende palco; la guerra vende butaca; el circo ocupa la mente; el caos ocupa las manos. Yo no lo inventé: lo heredé, y lo mantengo — como se mantiene un campo, labrándolo todos los días.
Hay quien me llama trampantojo. No me ofendo: el trampantojo es un oficio antiguo, y el mío es viejo de cuatro siglos. «A la hambre no hay mal pan», escribió uno de los nuestros, y tenía razón: el circo siempre encuentra público, y el público siempre encuentra hambre. Los capitanes que alargan la guerra porque de ella viven no son mis colegas: son mis empleados. Yo pongo el balón y el silbato. El estadio lo paga el país. La sangre, el soldado. Y el pan — el pan se paga aparte, y no me gusta repetir las cosas dos veces.
Al final del día me paro frente al gigante. Es un muñeco de papel periódico sujeto con cinta: la portada del Mundial, apilada hasta parecer un coloso. Soplo y se deshace. Se sostiene solo porque las masas le dan su atención y su creencia. Cuando un grupo de personas decide que ya no cree en el circo, el gigante pierde la fuerza. Lo sé. Lo sé mejor que nadie — por eso administro la creencia como se administra el agua en sequía: con cuidado, con medida, con miedo a que se acabe.
El circo de papel no necesita gigantes. Necesita que tú creas que los tiene. Yo no fabrico gigantes: fabrico la certeza de que los hay. Es un trabajo ingrato. Alguien tiene que hacerlo, y la moneda no va a caerse sola.
Así que sigo gobernando la moneda de canto. Cuatro años llevo. Pueden ser cuarenta.

